Angelica Alvaray: Muertos con nombre y apellido

Angelica Alvaray: Muertos con nombre y apellido

Una cosa es leer la prensa el lunes y enterarse de cuantos muertos hubo este fin de semana (aunque ahora no publican las estadísticas, pues son los números los que generan la violencia), y otra muy distinta es llegar a la oficina y enterarse de que la noche anterior mataron al motorizado de la empresa en su casa, frente a su esposa.

¿Qué pasa en este país, a quién se le ocurre entrar a asaltar una casa en La Pastora, pobre robando a pobre? ¿Qué le podían quitar, si ya ni moto tenía? Las primeras reacciones inconscientes son las de siempre: buscar alguna razón por la que lo mataron. Algo habrá hecho, se dice uno a sí mismo, tratando de explicar lo inexplicable. Porque en el orden de la vida, ese orden que aprendimos de nuestros padres y de nuestros abuelos, las cosas sucedían por algo. A fulano lo pusieron preso porque mató a un individuo, independientemente si tuvo razón o no, eso solo atenuaba la sentencia o matizaba la culpa, pero el hecho en sí estaba ahí.

Pero las cosas ya no funcionan así. Hoy en día los malandros no tienen paz con la miseria, como diría mi bisabuela. Matar es cómo jugar un video-juego: no importan razones, los que matan están como anestesiados, como si no sintieran ni el ruido de las balas, ni el grito de la víctima, o el de los que la rodean. Es más fácil salir a robar un domingo en la noche que buscar trabajo el lunes en la mañana, sobre todo si lo que prevalece es una total impunidad.





Sobre mi escritorio todavía está una figurita de esas que se entregan como recuerdo en una fiesta: una novia sujeta sus flores, mirando tiesa y arrobadoramente a un apuesto novio en traje de etiqueta. La tarjetica en forma de corazón decía algo así como “María y yo nos casamos el once de febrero, regalos en dinero bienvenidos”.

No era su primer matrimonio, tenía un hijo ya grande, pero se le veía feliz, diferente. No era el tipo amargado de años anteriores, cuando militaba en la revolución bonita e iba todos los días a coger línea a la casa del líder de la cuadra, para llegar a la oficina con cara de guerra.

Una vez nos contó la verdadera historia del terremoto de Japón: en medio de la consternación internacional por el tsunami y el terremoto, por el crack de la planta de Fukushima, se le ocurrió decirnos que eso había pasado por obra de los Estados Unidos.

–Sra. Angélica, esa es la purita verdad, los Estados Unidos tienen un laboratorio y hacen que eso ocurra.
–¿Quién te dijo eso?
–Un compañero del partido.
–Pero si fuese así, ¿por qué lo van a hacer contra Japón, que es su aliado? ¿Por qué no lo hacen contra Cuba, o contra China?
–Para no levantar sospechas, estaban probando la cosa…

Él realmente creía esas explicaciones, como creyó en lo bien que iban a estar cuando derrotaran a la burguesía, como creyó con fe inamovible en su presidente, que era “el único que quería a los pobres”.

Pero murió el comandante y las cosas comenzaron a desinflarse: las explicaciones tomaron el color oscuro de la realidad, de la violencia, de la inflación y de la escasez; darse cuenta de que los malos no son tan malos y los buenos no son tan buenos quizá fue su último pecado. A lo mejor tuvo una discusión con algún matón del barrio, alguna desavenencia, quizá perdió la protección de alguien, y cuando entraron en su casa a asaltarlo no pudo creer que eso le estuviera pasando a él, se paró del sofá donde veía la televisión abrazado a su nueva esposa y fue a la cocina a reclamar. La esposa alcanzó a oír el disparo y los gritos de los malandros que salieron corriendo. Quizá ella los reconoció, pero prefiere decir que no vio nada, pues tiene que seguir viviendo en esa calle, entre esos mismos tipos.

Hoy, uno de esos muertos de fin de semana se dibuja en un nombre y una cara conocida, que saludaba con respeto, con cariño. Me pregunto una vez más dónde quedó esa ciudad, ese país que llevo en el corazón y que no encuentro en ninguna parte…

@aalvaray